Francisco vivió católicamente el Evangelio y lo expresó de manera sublime en la vivencia de la vocación misionera y así lo hemos querido vivir hasta ahora sus seguidores. Todo porque el Evangelio fue para Él su vida y su misión, y así entendió la vida de la fraternidad: “observar el santo Evangelio al pie de la letra, sin glosa”. Él quiso para todos sus hermanos y hermanas desde el comienzo que, junto con la vivencia del carisma propio, fueran ante todo, misioneros, dándonos ejemplo con su propia vida.
Y así hemos de seguir. Estamos invitados a ser testigos del Dios vivo en el mundo. Este es el proyecto que Francisco y la Iglesia nos confían: “Alabadlo, porque es bueno y enaltecedlo en vuestras obras; pues para esto os ha enviado al mundo entero, para que de palabra y de obra déis testimonio de su voz y hagáis saber a todos que no hay otro omnipotente sino él” (CtaO 8-9)
No podemos negar a la historia y al mundo la esperanza que nos ha sido dada. Trasmitir a los demás y no retener para nosotros el tesoro que se nos ha confiado como franciscanos, es el gesto profético que se nos pide a favor de la creación y de la humanidad.
Nos sentimos comprometidos en el servicio al Evangelio, sin ahorrar ninguna energía personal y comunitaria, no rechazando ningún bien, no huyendo ante ningún desafío que se refiera al carisma en el que firmemente creemos. Estamos convencidos de que tal servicio se cumple realizando dicha labor en el ejercicio del trabajo pastoral, con el anuncio de la palabra y con el testimonio de la simple presencia franciscana. La raíz de nuestra evangelización es seguir las huellas de nuestro Señor Jesucristo. Es raíz y fundamento, de donde dimana la razón de ser de la fraternidad.
Los hermanos, desde la conciencia de ser testigos aquí y ahora del Cristo salvador y liberador, son enviados a los hombres y mujeres de nuestro mundo como servidores de los más desfavorecidos, y a denunciar todo lo que se opone al proyecto de Dios. Es propio pues de nosotros, en nuestra actividad misionera, promover la dignidad, el progreso y la liberación, tanto a nivel personal como institucional, y provocar al mismo empeño a los pueblos que aspiran a estos ideales.
Fr. Hermann Schalück, en su ya reconocida carta, afirmaba que la Misión “ad gentes” (nn.143-148) es una de las prioridades a la que debemos prestarle especial atención. Entendiendo hoy dicha misión, no desde el concepto territorial, sino desde el hecho de anunciar a Jesucristo allí donde no es conocido, ha sido negado, o se sienten indiferentes ante el significado salvador y liberador del Señor Jesús.
Cuando, como cristianos y franciscanos, nos referimos a la evangelización “ad gentes”, partimos del mandato de Jesús: “Id al mundo entero y predicad el Evangelio” (Mt 28, 16-20). Es el mandato explícito de Jesús de anunciar la Nuena Noticia a los que nunca han oído el anuncio del Evangelio o han perdido su primitivo vigor o la Iglesia está por ser.
Es el mandato de San Francisco (CtaO 9). Por eso, “todos los hermanos deben cultivar con generosidad esta conciencia misionera como parte integrante del propio carisma” (n 147). Será de nuevo la “itinerancia evangélica lo que conferirá a la evangelización una universalidad sin fronteras (n 148).
No podemos caer en el olvido de anunciar el Evangelio a estas comunidades, donde Jesucristo no es reconocido como Señor, pues esta labor resultó desde los comienzos de la Orden elemento esencial al servicio de la Iglesia.
La misión “ad gentes” ocupa un lugar preferente y particularísimo en nuestro carisma y es una de las prioridades a las que siempre debemos prestar especial atención (Cf. 1R 16; 2R 12,1-2). La Orden, cada vez, lo va manifestando con más ímpetu.
Los franciscanos tenemos necesidad de responder a la urgencia que en el campo de la evangelización “ad gentes” tiene la Iglesia, a través, sobre todo, de aquellos proyectos con los que la misma Iglesia y la Orden se han comprometido, dando prioridad a aquellos que poseen tradición y actualidad..