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FUNCIONES DEL SECRETARIADO DE EVANGELIZACIÓN MISIONAL |
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Con el fin de la mejor y más efectiva labor en este campo, cada Provincia de la Orden pone al frente de esta actividad a un hermano, el Secretario para la Evangelización Misional que es, a su vez, el que encabeza el Secretariado Provincial para la Evangelización Provincial. Ayuda al Ministro Provincial de la siguiente manera: 1. Coordinando las actividades de evangelización misionera en la Provincia. 2. Desarrollando programas para informar, educar, promover y animar a los hermanos de la Provincia y la gente a quienes ellos sirven en los varios ministerios de la Provincia, en el área de la evangelización misional como también en la universalidad de la Iglesia y de la Orden. 3. Actuando como punto de enlace con el Secretario General y con el Interprovincial para la evangelización misionera, secretario de formación, Justicia y Paz y salvaguarda de la creación, como también con los secretarios diocesanos de misiones. 4. Ofreciendo programas de formación permanente a los hermanos que trabajan en la evangelización misionera y programas de reciclaje cuando vuelven a la Provincia. 5. Ayuda a discernirla en las opciones misioneras de religiosos y seglares, que manifiestan deseo de trabajar en proyectos misioneros de la Orden. 6. Promoviendo e implementando los grupos de seglares en un voluntariado misionero. 7. Recogiendo y distribuyendo fondos necesarios para ayudar a los hermanos que trabajan en la evangelización misionera y en la promoción del desarrollo integral de sus pueblos. 8. Tratando de estar en continuo contacto con los misioneros intercambiando noticias, crónicas e informaciones útiles para un mayor conocimiento y conciencia de las obras misionales |
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VOCACIÓN MISIONERA |
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| La Orden de los Hermanos Menores (franciscanos) es una Orden misionera. Por consiguiente, conforme al ejemplo de San Francisco y a su voluntad expresada, todos los hermanos deben participar, cada uno según sus propias capacidades, en la misión evangelizadora de la Iglesia. El anuncio de la Buena Noticia de Salvación comenzado por Cristo y continuado por los Apóstoles, sigue todavía hoy siendo una de las exigencias más profundas de la Iglesia, que por su naturaleza es misionera (AG, 2). San Pablo continuamos viéndolo como la figura más representativa de esta forma de apostolado (Hch. 13, 21). Ya desde los primeros siglos, y siguiendo el ejemplo de los Apóstoles, los cristianos se dedicaban a la evangelización misional. Así hasta la Edad Media en donde con la aparición del movimiento franciscano la vida apostólica-itinerante recibe un nuevo impulso. Ahora ya no se trata de unos pocos individuos, sino de un grupo inspirados por el Espíritu Santo y confirmados por el Papa, quienes hacen de la “Misión de los Apóstoles” (Mt. 10, 7-15) la propia forma de vida y su servicio a la Iglesia, es decir, su identificación en la Iglesia. El pasaje del evangelio de la misión de los Apóstoles escuchado por Francisco en la Porciúncula constituye la convocación de la Regla, que se integra como servicio a la Iglesia por medio de la evangelización misionera y la evangelización de profundización en la fe. Del capítulo de la Regla dedicado a la actividad misionera entre los no cristianos, se puede afirmar que es y, al mismo tiempo, representa el cúlmen y el desarrollo natural de la vocación franciscana. La dimensión misionera es, por lo tanto, un componente esencial al carisma franciscano. Entre los fundadores de Ordenes religiosas, Francisco, además de codificar en la Regla el compromiso misionero, fue el primero en Occidente en ir a llevar él mismo la fe a los no cristianos fuera de los confines de Europa; y fue también el primero en mandar a sus hermanos de dos en dos, a predicar por el mundo. Francisco, y con él sus hermanos, se hacen conscientes de la obligación y necesidad que como cristianos y franciscanos tenemos de no esconder la luz sino ponerla en alto para que ilumine. Jesucristo, luz de los pueblos, debemos darlo a conocer, de palabra (“id, pues, y haced discípulos a todas las gentes”, Mt. 28,19) y de obra (“Curad enfermos, resucitad muertos, purificad leprosos, expulsad demonios. Gratis lo recibisteis, dalo gratis” Mt 10,8). Este encargo recibido del Señor, la Iglesia lo cumple desde el momento de su fundación. La Orden Franciscana nace vinculada a este mandato del Señor, recibido de la Iglesia. DE hecho, cuando Francisco, junto con sus primeros compañeros, va a pedir la aprobación de la Regla, el Papa Inocencio III les bendice y les ordena: “Id con el Señor, hermanos, y según Él se digne enseraños, predicad a todos la penitencia”. San Francisco, fiel imitador del Señor Jesús, también envía a sus hermanos a anunciar la Buena Noticia: “Marchad, carísimos, de dos en dos por las diversas partes de la tierra, anunciando a los hombres la paz y la penitencia para la remisión de los pecados”. Porque la evangelización es la razón de ser de los franciscanos, nuestra forma de ser se centra en la fraternidad evangelizadora marcando en el propio espíritu misionero franciscano el convencimiento de no negar al mundo y a la historia la esperanza que nos ha sido dada. Partiendo de esta memoria, el espíritu misionero franciscano nos impulsa a realizar el gesto profético de evangelizar desde una fraternidad que sea expresión de una fuerte experiencia espiritual y contemplativa en un mundo secularizado, cada vez más indiferente al mensaje de Jesús; de un compartir la vida, los bienes y la acción apostólica en un mundo egoísta; de vivir el espíritu de familia con las demás ramas de la Orden y con los hermanos laicos que comparten nuestra espiritualidad, en esta sociedad tan individualista. Así seremos el fermento evangélico que vaya transformando toda la masa. Desde siempre, los franciscanos han sentido como la razón propia de su ser y existir la evangelización misional, tanto cuando se trata de la misión ad gentes (a otros pueblos) en sentido estricto como cuando la concibe en sentido amplio de los franciscanos en el mundo de hoy. En este segundo caso, la Orden se enfrentó siempre con los retos de los nuevos areópagos. La misión ad gentes ocupa un lugar preferente y particularísimo en la vida franciscana y es una de las prioridades a las que siempre debemos prestar especial atención. Pero también sabemos que cuando hablamos de evangelización ad gentes pensamos sobre todo en el anuncio explícito de Jesucristo a los pueblos o grupos humanos que nunca han oído la Alegre Noticia, el Evangelio de Jesucristo, o que ha perdido su primitivo vigor, dándole nosotros a esta definición un sentido más amplio. Este concepto de evangelización está enraizado en el valor y en la vivencia que San Francisco da a su manera de presentarse ante los no cristianos, que es a través del diálogo y del “hermano ejemplo”. Idea y experiencia de evangelización que está más de acuerdo con las nuevas formas que se han presentado desde el Vaticano II. El evangelizador ya no va a “convertir” a nadie. Va a vivir con los hombres y mujeres entre los que se encuentra, consciente de que, antes que él llegue a un lugar, Dios ya ha sembrado su semilla. Lo suyo, entonces, será descubrir esa semilla, cuidarla, acondicionar la tierra que la cubre, ayudar a que, desde su seno, la semilla “crezca sola, brote y dé su fruto. Lo que al evangelizador toca es crear las condiciones adecuadas, partiendo siempre y respetando la propia cultura y espiritualidad. Dejarse evangelizar por las otras culturas es aceptar que Dios está en ellas y que, igual que la mía, también a ellas las ha dotado de valores propios. El esfuerzo por unir sus valores con los del evangelizador agudiza la conciencia personal del misionero y le cita a elaborar estrategias de evangelización apropiadas a cada lugar y tiempo. Esto significa ponerse del lado de Cristo y no del nuestro. Esto exige respetar los caminos de Dios. Al llegar a un lugar, el “misionero” franciscano “debe quitarse las sandalias, porque el suelo que pisa es sagrado”. Dejar que Dios sea Dios. Como Él quiere, no como yo quiero. Una frase del Islam condensa este pensamiento: “Alá es siempre el mayor”. Todo esto lo debe hacer el franciscano desde la vida en fraternidad , pues ya este estilo de vida es presencia misionera. Pero a la vez ha de ser fraternidades impulsadas por un acentuado sentido de itinerancia evangélica , que conferirá a la evangelización misional una universalidad sin fronteras . Además, con San Francisco, el evangelizador franciscano utiliza como punto de partida el “reino” de los pobres, porque son los que mejor mantienen los valores originales de la humanidad. El testimonio de su Fraternidad, la calidad de vida , es nuestra forma original de evangelizar. De esta manera, la evangelización misional se adaptará con perspicacia a las circunstancias, sabiendo hacer las distinciones oportunas y no pocas veces necesarias. El empeño constante de ser fieles a nuestros orígenes se articula debidamente con las exigencias del mundo de hoy, con la escucha de los signos de los tiempos, discerniendo los nuevos caminos que el Espíritu suscita en la actualización de nuestro carisma. El horizonte es esperanzador- Conscientes de nuestra rica tradición e invitados a responder adecuadamente a los “signos de nuestros tiempos”, no debemos temer impulsos nuevos y valientes para encontrar y emprender, con fantasía y creatividad, caminos fecundos y oportunos para las nuevas situaciones. En este tiempo de gracia del Señor, queremos exclamar como san Francisco: “Esto es lo que yo quiero, esto es lo que yo busco, esto es lo que en lo más íntimo del corazón anhelo poner en práctica” (1 Cel. 22ª). |
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BREVE HISTORIA |
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El s. XIII fue el comienzo de la misión franciscana entre los musulmanes alrededor del mediterráneo: el siglo de la predicación de San Francisco al Sultán Melek-el Kamel y el inicio de la Custodia de Tierra Santa . En Marruecos dieron testimonio los primeros cinco mártires franciscanos. En el s. XIV los franciscanos llegaron hasta los confines de Mongolia, desde donde se extendió la evangelización al continente asiático. En los siglos XV y XVI, las misiones franciscanas se extenderán por el Nuevo Mundo, incluidas las islas Filipinas. Y así se fueron extendiendo por todo el mundo, de tal manera que actualmente la Orden Franciscana está presente en los cinco continentes con más de 4.000 misioneros; junto a ellos es fácil encontrar a las Hermanas clarisas, así como también trabajan 41 Congregaciones indígenas y 20 Congregaciones europeas de Hermanas Franciscanas misioneras con cerca de 10.000 miembros en tierra de misión. La presencia franciscana en las misiones abarca muchos campos, pero siempre basada en el testimonio de trabajar junto al pobre. Los franciscanos frecuentan hospitales, leproserías. Colegios, universidades, asilos para ancianos, orfanatos, parroquias, santuarios en Tierra Santa, etc. Hoy los franciscanos estamos comprometidos con grandes proyectos misioneros de gran actualidad que podrá conocer en otro apartado del menú. Francisco como hombre evangélico, hizo de la Palabra de Dios su vida y la dejó plasmada en su Regla: “El Señor me reveló que debía vivir según el Santo Evangelio” . Y así se forja la personalidad, pobre, humilde y cariñosa de Francisco en su misión evangelizadora. De él es de donde sus seguidores reciben la inspiración y la energía para que, siendo fieles a su Forma de vida, el Evangelio, vivan el reto de la nueva evangelización. |
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AREÓPAGOS MODERNOS |
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El mundo de hoy se va convirtiendo cada vez más en un gran campo vivo cada vez más ajeno e indiferente al sentir y a la conciencia evangelizadora de la Iglesia, es un enorme areópago donde todo puede ser anunciado, hasta Aquel a quien tantas personas siguen ignorando desde siempre o a partir de cualquier circunstancia o experiencia de su vida. · Es verdad que no podemos abandonar a los más desheredados, pero difícilmente podremos evangelizar a estos si no lo hacemos evangelizando aquellos centros donde nace una humanidad nueva con nuevos modelos de desarrollo . Es en las grandes ciudades donde se está forjando el futuro de las jóvenes naciones. · No podemos olvidar, y nosotros particularmente, por la zona en la que nos encontramos, el fenómeno de las migraciones . Son muchos los no cristianos que llegan en gran número, creando nuevas ocasiones de comunicación e intercambios culturales, esto exige a la Iglesia acogida, diálogo y fraternidad. Convirtiéndose la comunidad cristiana, para estos colectivos que viven en situaciones inhumanas por su pobreza y marginación, en portadora del mensaje liberador de Cristo. · El mundo de la comunicación . Está transformando al mundo en una “aldea global”. Hoy se crece en un mundo condicionado por estos medios. Tal vez hemos descuidado un poco este areópago. Hemos de utilizarlos cuantas veces podamos, e incluso, provocar nosotros el uso. Pero hemos de usarlo no sólo para difundir el mensaje cristiano y el magisterio de la Iglesia, sino que debiéramos integrar el mensaje mismo en la “nueva cultura” creada por la comunicación moderna. Son nuevos lenguajes, nuevas técnicas, nuevos comportamiento psicológicos que hay que saber penetrar del mensaje de Jesús, y a la vez, utilizarlos en el anuncio del Reino. Pablo VI decía que “la ruptura entre evangelio y cultura es sin duda alguna el drama de nuestro tiempo” (Evangelii nuntiandi, 20). El mundo se convierte cada vez más en una gran plaza viva donde se puede anunciar de todo, hasta a Jesucristo, el que va siendo el gran desconocido. Son varios los más significativos areópagos que podemos señalar:
En todos ellos nos ha de mover el deseo de promover la libertad del hombre, anunciándole a Jesucristo, plenitud de todo ser humano. La evangelización nos debe llevar a la superación de las barreras culturales y nacionalísticas. La Orden Franciscana ha procurado siempre seguir este camino vivido por Francisco: anunciar el Evangelio con un acentuado carácter universal evangélico. |
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EVANGELIZACIÓN "AD GENTES" |
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Difícilmente se puede poner en duda el ansia apostólica y misionera de San Francisco, que ha hecho de esta dimensión evangelizadora y kerigmática a los no cristianos, y hoy en día incluiríamos a los alejados o que han perdido el vigor de la fe, el elemento esencial y prioritario de nuestro carisma. La Orden ha procurado siempre seguir en esta línea, por ello la misión “ad gentes” es una de las prioridades a la que debemos prestarle especial atención. Es como un mandato de San Francisco (Cta.O, 9). Por eso, “todos los hermanos deben cultivar con generosidad esta conciencia misionera como parte integrante del propio carisma”. Aunque las palabras “misión” y “misionero” no aparecen en los escritos de San Francisco ni en las primeras fuentes franciscanas. Sin embargo el concepto de misión es muy importante en el pensamiento de San Francisco desde el principio. Él descubrió su vocación con claridad, no en las experiencias místicas con las que fue favorecido por Dios, y la experiencia ante el Cristo de San Damián (2 Cel., 10), sino en la escuela del evangelio, y concretamente en el evangelio del discurso de la misión ( 1 Cel. 22). Es entonces cuando él exclama por primera vez: “Esto es lo que yo quiero. Esto es lo que estoy buscando. Esto es lo que anhelo hacer con todo mi corazón” . Como su primer biógrafo dice de Francisco: “Él llenó el mundo entero del evangelio de Cristo” (1 Cel. 97). Cuando los hermanos eran sólo seis Francisco ya los envía a misionar diciéndoles que ”Dios en su gran misericordia no nos ha llamado sólo para nuestra salvación sino para la de muchos”. La Orden franciscana es la primera explícitamente misionera en la Iglesia. La evangelización misionera, en un sentido estricto, se describe como “llevar el Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo a las gentes y grupos que nunca han oído la gozosa noticia y ayudar a construir la Iglesia local a aquellos que han aceptado el Evangelio”. Más aún, la evangelización misionera sigue siendo necesaria en todas las Iglesias locales hasta que estén completamente establecidas o restablecidas y tengan todo lo necesario para funcionar debidamente. En nuestro trabajo evangelizador, los hermanos miramos a nuestro santísimo Señor Jesucristo como la imagen verdadera de nuestra vocación misionera. Nuestra misión no es hacia los países sino hacia las personas. Las personas a las que somos enviados pueden compartir nuestra fe, o tener otra fe, o quizá no tener ninguna tipo de fe. No importa quiénes sean, nosotros queremos ser sus hermanos, sus amigos, sus servidores. Nos interesa el hombre, no tanto la geografía. De acuerdo con San Francisco son varias las formas de testimonio de los evangelizadores según la espiritualidad franciscana:
Consecuencia de esto: “Siendo uno con la gente en su forma de sentir, pensar, y en su forma de vivir.” Esto significa la “tarea de descubrir sus esperanzas y aspiraciones fundamentales, asimilar, en la medida en que esté en consonancia con el Evangelio, aquellos valores e ideales constitutivos de su mundo humano particular,... formar con ellos una auténtica comunidad cristiana”. Unidad no es uniformidad. La unidad de la Iglesia no exige uniformidad en materia de liturgia, espiritualidad, disciplina, teología y estructuras, y esto es enormemente beneficioso para las Iglesias locales y aceptable para las mismas. El mayor servicio que podemos prestar a las personas es ayudarles a entrar en relación directa y personal con Cristo y con un auténtico amor a Dios con alegría. Estamos llamados a testimoniar la alegría del Evangelio. Según nos dicen nuestras Constituciones Generales, el apostolado fundamental del hermano menor es vivir la vida evangélica en simplicidad y con un corazón alegre. Igualmente, en nuestra evangelización, estamos obligados a despertar las conciencias al drama de la miseria y a las demandas de la justicia social hechas por el evangelio y la Iglesia. BASES DE NUESTRO PROYECTO MISIONERO |
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BASES DE NUESTRO PROYECTO MISIONERO |
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Cristo, el Señor, confió a su comunidad una misión universal, que no conoce confines y concierne a la salvación en toda su integridad, siendo esta una de las exigencias más profundas de la Iglesia, que por su naturaleza es misionera (AG, 2). Justamente, en esta línea se coloca Francisco, particularmente, después de haber oído el evangelio de la misión (Mt. 10, 7-15), identificándose con él y haciendo del mismo la propia forma de vida, y su manera de servir a la Iglesia, lo plasmará en el capítulo 12 de la RB, donde queda expresado, desde la misma vivencia franciscana, la dimensión misionera de la Fraternidad de cara a los no cristianos, componente esencial al carisma franciscano. “Esta es nuestra vocación y nuestra razón de ser en la Iglesia y en el mundo” , como señala el Documento de “Prioridades para el sexenio 1997-2003” del Capítulo General. Somos, pues, una Fraternidad evangelizadora. Y como dice el citado Documento “nuestro munus consiste en dar testimonio, como Hermanos, para anunciar el ‘bien, todo bien, sumo bien, Señor Dios vivo y verdadero. Convencido estamos de que los contenidos del mensaje evangélico no pueden cambiar, pero sí pueden cambiar las expresiones de los mismos. Creo que pudiéramos afirmar que el orden del día lo fija el mundo, queriendo decir con esto que tanto la nueva evangelización como la misión ad gentes deben tener en cuenta las voces del mundo, y estar atentas a los “signos de los tiempos”. Nuestra propia realidad que nos ha tocado vivir nos hace experimentar ciertas situaciones nuevas que nos impulsan a replantearnos estilos y métodos, diría más, a poner en una fuerte y valiente crisis de valoración, no sólo la misma forma de la actividad misionera, sino todo tipo de evangelización que estamos llevando a cabo. Teniendo, por consiguiente, muy en cuenta siempre que la misión de la Iglesia se mueve impulsada por una doble fuerza: 1. La voluntad salvífica universal de Dios, manifestada en Jesucristo. 2. La situación histórica y social de nuestra sociedad. Tanto a una como a otra, se nos está pidiendo hoy ser fieles. Hay que buscar caminos nuevos por los cuales se pueda llegar a los hombres de hoy, algo que no se consigue sólo con la buena improvisación, sino que es necesario la información seria a la vez que una continua formación. Me parece siempre interesante lo que el “Proyecto Provincial 2002-2003” pone como objetivos en sus acciones y compromisos el “ver la posibilidad de nuevos métodos de evangelización” o cuando afirma que “la fraternidad proyecte, revise y evalúe, la marcha de la evangelización y determine la integración de las diversas acciones pastorales en la fraternidad” . Es verdad que esta misión de Cristo y de la Iglesia es única, al tener el mismo origen y finalidad; pero dentro ya de la misma Iglesia hay tareas y actividades diversas y, una de ellas, sin lugar a dudas, sigue siendo la misión ad gentes , que es una actividad primaria de la Iglesia, esencial y nunca concluida, pues la Iglesia “no puede sustraerse a la perenne misión de llevar al evangelio a cuantos no conocen todavía a Cristo redentor del hombre. Esta es la responsabilidad más específicamente misionera que Jesús ha confiado y diariamente vuelve a confiar a su Iglesia” (Christifideles laici, 35). Hoy, sin embargo, nos encontramos ante una situación religiosa bastante diversificada y cambiante, debido a tantos cambios como a experimentado nuestra sociedad y que ahora no hay tiempo para señalar. Hoy se habla de que hay tierras cristianas que se han convertido en países de misión. Incluso la actividad misionera en muchas partes del mundo ha conseguido Iglesias establecidas que, incluso, son capaces de ayudar a la evangelización de otras Iglesias. Surge de aquí el contraste con áreas de antigua cristiandad, que es necesario reevangelizar. Toda la Iglesia, pues, es hoy y siempre, a la vez que en cualquier lugar, misionera, lo cual no excluye que haya una específica misión ad gentes. Si miramos al mundo actual, al que hemos sido enviados para evangelizar, podemos distinguir tres situaciones:
Los destinatarios de la misión específica de la Iglesia, o misión ad gentes son, fundamentalmente, tres: · Los pueblos o grupos humanos que todavía no creen en Cristo. · Los que están alejados de Cristo. · Donde la Iglesia no ha arraigado todavía, y la cultura no ha sido todavía influenciada por el Evangelio. La distinción de esta actividad de todas las demás que lleva a cabo la Iglesia en el mundo de la evangelización, está en que se dirige a grupos y ambientes no cristianos con el fin de anunciar a Cristo, de edificar la Iglesia local o de promover los valores del Reino. Hoy por hoy, existe una interrelación entre la misión ad intra de la Iglesia y su misión ad extra en cuanto aquella debe ser signo creíble y estímulo de ésta y viceversa. · El compromiso por la paz, el desarrollo y la liberación de los pueblos . Colaborando activamente y de manera adecuada a cada situación, con la vida, con las obras y la palabra, en la promoción de la justicia y de la paz. Es una actitud concreta y clara la que se nos pide. No basta estar en el mundo, sino colaborar en su marcha hacia el desarrollo pleno, lo cual nos impulsa a trabajar por la salvaguardia de la creación, cada vez más agonizante a causa del egoísmo de unos cuantos. · El mundo de la cultura, la universidad, la participación en debates públicos, la liberación ética . Son areópagos a los que debiéramos de ir acostumbrándonos a estar presentes en un mundo que cada vez, no sólo sabe menos de la persona de Cristo, sino que trata, en muchas ocasiones, de que otros no llegue ni siquiera a oír hablar de Él. · La lucha desenfrenada del hombre de hoy por el tener y por el materialismo consumístico, a la vez que la angustiosa búsqueda del sentido de la vida . La Iglesia tiene mucho que ofrecer en este campo en Cristo que es “el camino, la verdad y la vida” (Jn. 14,6). Es este un gran areópago que hemos de evangelizar. Cualquiera que sea la forma de misionar o el areópago donde pronunciemos el mensaje de salvación, siempre hemos de estar movidos por el deseo de promover la libertad del hombre, anunciándole a Jesucristo, plenitud de todo ser humano. Pero además, este anuncio lo hacemos desde el pleno respeto a la libertad del hombre. La misión no coarta la libertad, sino más bien la favorece. La Iglesia propone, no impone nada , respeta las personas y las culturas, así como la conciencia del hombre. Además, si el mundo cada vez se unifica más, se siente más el pueblo de todos, la evangelización nos debe llevar a la superación de las barreras culturales y nacionalísticas, evitando toda cerrazón. Esto nos lleva a abrir las puertas a lo propiamente misionero, pues como dice Pablo VI en la Evangelii nuntiandi, 62, “una Iglesia particular que se desgajara voluntariamente de la Iglesia universal perdería su referencia al designio de Dios y se empobrecería en su dimensión eclesial”.No cabe duda que la actividad misionera, como dice Juan Pablo II en la Redemptoris missio , representa aún hoy día el mayor desafío para la Iglesia. La mayoría de la humanidad aún no ha recibido el anuncio de Cristo. La misión ad gentes está todavía en los comienzos. “Hay que dirigir la atención misionera, dice Juan pablo II, hacia aquellas áreas geográficas y aquellos ambientes culturales que han quedado fuera del influjo evangélico. Todos los creyentes en Cristo deben sentir como parte integrante de su fe la solicitud apostólica de transmitir a otros su alegría y su luz. Esta solicitud debe convertirse, por así decirlo, en hambre y sed de dar a conocer al señor cuando se mira abiertamente hacia los inmensos horizontes del mundo no cristiano” (Redemptoris missio, 40). La Orden ha procurado siempre seguir este camino misionero marcado desde el principio por San Francisco, la evangelización de las realidades más cercanas y concretas, pero siempre con el deseo y el corazón puestos en aquellos lugares donde Jesucristo no ha sido anunciado o ha pasado al archivo de la indiferencia. Amplio es el abanico de campos de evangelización, tras un adecuado discernimiento, hemos de ir haciendo opciones claras por las actividades evangelizadoras que expresan mejor nuestro carisma y responden a los retos actuales de la Iglesia y del mundo. El Hermano Hermann Schalück nos decía que todos los hermanos debiéramos cultivar con generosidad esta conciencia misionera, pues, San Francisco nos recuerda que “para esto os ha enviado (el Hijo de Dios) al mundo entero, para que de palabra y de obra deis testimonio de su voz y hagáis saber a todos que no hay otro omnipotente sino él” CtaO 9). |
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IDEAS PARA LA FE |
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1. Cristo confió a su comunidad una misión universal, siendo esta una exigencia fundamental de la Iglesia. 2. Francisco se identifica con el Evangelio de la misión (Mt. 10, 7-15) y se identifica con él haciéndolo forma de vida. 3. Los contenidos del mensaje evangélico no pueden cambiar pero sí sus expresiones. El orden del día lo fija el mundo. 4. Nuestra propia realidad nos presenta situaciones nuevas que nos impulsan a replantearnos estilos y métodos, tanto para la misma forma de la actividad misionera, como el tipo de evangelización que llevamos. 5. La misión de la Iglesia se mueve impulsada por una doble fuerza: La voluntad salvífica de Dios y la situación de nuestra sociedad. 6. La misión de la Iglesia es única, pero dentro de la misma Iglesia hay tareas y actividades diversas, y una de ellas es la misión ad gentes, actividad primaria de la Iglesia. 7. Hoy, debido a los enormes cambios realizados en el mundo, se dice que existen antiguas tierras cristianas convertidas en países de misión. Y que otras ya evangelizadas prestan a éstas sus servicios. Toda la Iglesia es misionera, es verdad, mas esto no excluye que haya una específica misión ad gentes. 8. En el mundo al que hemos sido enviados para evangelizar, se pueden señalar tres situaciones: · Donde Cristo y su Evangelio no son conocidos. · Comunidades que viven su compromiso de la misión universal. · Países de antigua tradición cristiana necesitados de reevangelización. 9. La actividad de la misión ad gentes se distingue de todas las demás porque va dirigida a grupos y ambientes no cristianos, a edificar la Iglesia local o a promover los valores del Reino. |
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TEXTOS INSPIRADORES |
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“Vete, repara mi casa” “Entra en ella (en la capilla de San Damián), guiándole el Espíritu, a orar, se postra suplicante y devoto ante el crucifijo, y, visitado con toques no acostumbrados en el alma, se reconoce luego distinto de cuando había entrado. Y en este trance, la imagen de Cristo crucificado –cosa nunca vista-, desplegando los labios, habla desde el cuadro a Francisco. Llamándolo por su nombre: ‘Francisco –le dice-, vete, repara mi casa, que, como ves, se viene del todo abajo'” (2 Cel. 10). “Marchad, carísimos” “Entonces Francisco los llamó a todos a su presencia (...); los dividió en cuatro grupos de a dos y les dijo: ‘Marchad, carísimos, de dos en dos por las diversas partes de la tierra, anunciando a los hombres la paz y la penitencia para la remisión de los pecados. Y permaneced pacientes en la tribulación, seguros, porque el Señor cumplirá su designio y su promesa. A los que os pregunten, responded con humildad, bendecid a los que os persigan, dad gracias a los que os injurien y calumnien, pues por esto se nos prepara un reino eterno'” (1 Cel. 29). Dice el Señor: “He aquí que os envío como ovejas en medio de lobos. Sed, pues, prudentes como serpientes y sencillos como palomas”. Así, pues, cualquier hermano que quiera ir entre sarracenos y otros infieles, vaya con la licencia de su ministro y siervo. Y el ministro déles licencia y no se la niegue, si los ve idóneos para ser enviados; pues tendrá que dar cuenta al Señor si en esto o en otras cosas procede sin discernimiento. Y los hermanos que van, pueden comportarse entre ellos espiritualmente de dos modos. Uno, que no promuevan disputas y controversias, sino que se sometan a toda humana criatura por Dios y confiesen que son cristianos. Otro, que, cuando les parezca que agrada al Señor, anuncien la palabra de Dios para que crean en Dios omnipotente, Padre, e Hijo, y Espíritu Santo” (Rnb 1-7). |
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